Caminando entre dinosaurios



«¡Fíjate cuánta sangre!»

De niño nunca quise ser futbolista, ni torero, ni policía, ni bombero. Tampoco astronauta. (Aunque admito que me encantaría observar la Tierra desde fuera aunque solo fuera unos minutos. Debe de ser un espectáculo asombroso.) Mi vocación no era otra que la de ser paleontólogo, y aunque el tiempo desplazara esa pasión desmedida por los extintos reptiles para dejar paso a otros intereses, siguen captando mi atención con facilidad.

Un día, al llegar a casa, encontré en el buzón publicidad sobre una exposición de dinosaurios que iba a estar cerca de la ciudad y, cómo no, mi curiosidad se despertó. La web del evento, el mundo de los dinosaurios, no ofrecía mucha información y las imágenes de eventos similares en otras localidades me dejaban claro lo que iba a encontrar: un puñado de dinosaurios de cartón-piedra desperdigados por una pequeña parcela de bosque y muchas familias modelo llevando a sus niños a ver dinosaurios.

Aprovechando el excelente tiempo de finales de octubre (23 ºC, nada menos), me acerqué a curiosear. La amenaza de lluvia no me persuadió para no ir (al final estuvo soleado todo el día). Tampoco me echaron para atrás el cartón-piedra de los dinosaurios, las familias modélicas, los 10 € de la entrada ni la amenaza de niños presentes en las inmediaciones. (Sobreviví, por cierto; ¿Cómo escribiría esto si no?)

Domingo. Tres de la tarde. ¿Quién podía haber allí tal día a esas horas? Una fila enorme de padres con niños de 0 a 8 años. ¡Estupendo! Aún así, la fila avanza rápido y en menos de media hora estoy dentro. Ligera decepción inicial con el primer par de criaturas (las cuales no identifico), que corroboran el simplón montaje de dinosaurios cartón-piedra en mitad de un poco de arena o al lado de un árbol. Pero entonces miro a lo lejos y veo… ¡un dilophosaurio!

Entusiasmado al reconocerlo, mi vena friki-paleontológica se desata y entonces empiezo a comportarme como un miembro más de la horda de infantes que pulula por la zona. «Niños. Niños everywhere!», pienso cada vez que intento fotografiar algo. Porque vas a hacer una foto a cualquier cosa y ¡zas! «¡Un niño salvaje apareció!». No es raro hacer una foto y que una manada de pequeños homo sapiens esté trepando, cabalgando o, simplemente, haciendo photo-bombing para aguarte la foto de recuerdo.

Lo peor es que yo me comporto también como un crío. «¡Oh, aquello es un alosaurio! Y eso de por allí… ¡un styracosaurio! ¡Anda! ¡Si eso que veo a lo lejos es un parasaurolophus! ¡A hacerle una foto, se ha dicho!» Y de esta manera, como un niño grande con dinosaurios «de juguete» a tamaño real con los que jugar, llegué al final del recorrido en apenas un par de horas. Dos horas que pasaron como diez minutos. Tanto lo disfruté.

En enero hay otro evento relacionado con dinosaurios en la ciudad, una especie de representación teatral. Más dinosaurios de cartón-piedra y animatrones. Sin embargo, el precio me echa hacia atrás en este caso (46 €). Que sea en alemán tampoco ayuda. Pero ¿quién sabe? Podría ser otra experiencia igual de gratificante. A fin de cuentas… ¡son dinosaurios!

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